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Me senté en el pequeño espacio que me dejó en su cama.

Eché un vistazo rápido a la habitación, fiel reflejo de los años 80, y me fijé en la colección de figuritas de cristal de Murano, perfectamente alineadas.

Miré a mi madre, acostada en su majestuosa cama y, de repente, me recordó a esas actrices de Hollywood que amanecen entre sábanas de seda, perfectamente peinadas, como si la noche no hubiese existido para ellas.

Pensé que, con ese camisón de encaje, le iría estupendamente una boa de plumas. Sonreí. Por un momento, creí que me pediría una copa de champán… pero esta vez no lo hizo.

Llevábamos sin vernos casi tres años.

Circunstancias de la vida. Más bien, avatares.

Y muchos desencuentros. Uno tras otro hasta hacer una colección casi infinita.

Pensé que sería un buen momento para reconducir la situación, dado su quebradizo estado de salud, y sus años.

⏤Ay, hija, qué mal te ha tratado la vida, y qué mala suerte has tenido. Casi más que yo. Somos dos desgraciadas.

Me levanté, y me fui con una gran desazón y un profundo pesar.

Hay cosas que el tiempo nunca podrá cambiar.

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